La verdadera espiritualidad: un viaje hacia el templo interior

Antes que nada, quisiera decir que me reconozco como alguien esencialmente espiritual. Y aunque no creo que la espiritualidad sea medible, si se pudiese cuantificar, diría que soy bastante espiritual.
Mirándolo en retrospectiva, creo que siempre fue así, aunque durante muchos años confundí la espiritualidad con la religión.
Creía que mi relación con la energía divina debía darse desde los valores y principios religiosos —en mi caso, católicos—.
No era consciente de que la verdadera espiritualidad es aquella que te hace libre de pensamiento. Que te mueve y te guía a través de lo que llamamos intuición. Esa voz interior que muchas veces susurra bajito, pero que, si la escuchas, expande el corazón con amor y felicidad.
Esto lo fui comprendiendo con los años, sobre todo a través de las experiencias que viví en mi búsqueda personal de respuestas y propósito.
Un retiro, un encuentro conmigo
Durante esa búsqueda, y como reflejo de lo que hoy comprendo, recuerdo la vez que decidí irme a un retiro de silencio.
Lo hice sin saber muy bien por qué, solo atendí a la fuerza interior que me llevó a unas montañas en Carolina del Norte.
Recuerdo que estaba muerta de miedo y que las dos semanas previas sentí mucha ansiedad. En ese momento lo atribuí al hecho de que era mi primer viaje sola en toda mi vida.
Aunque ya había emigrado dos veces, viajado a diferentes países y conectado con otras culturas, algo dentro de mí temblaba. Sabía que esta sería una pausa importante en la rutina de cada día.
Pero, sobre todo, porque intuía que este viaje sería diferente.
Iba, nada más y nada menos, a conocer un espacio que nunca antes había visitado: mi templo interior.
Y sí, ya había hecho meditación, talleres grupales y terapia. Pero nunca antes había tenido tamaña responsabilidad: estar en silencio, con atención plena y quietud, a solas conmigo.
Seguí, sin embargo, el impulso guiado por esa voz interior que me decía:
“Todo eso que buscas afuera ya está en ti.”

El momento de la transformación
Debo decir que me sumergí profundamente.
Fueron días de absoluta desconexión con el mundo exterior. Puse el celular en modo avión y me entregué a sentir.
Lloré, canté, bailé, exploré mi mundo interior, reconocí la voz impostora en mi mente.
Me conecté con la naturaleza: la observé, la sentí, la contemplé.
Me conmoví con otras historias. Comprendí que ningún dolor es realmente propio, pues nos une la misma necesidad de sentirnos en paz y tranquilos.
También comí comida deliciosa, sonreí, agradecí, me expandí.
Pero, sobre todo, confirmé que la guía divina habita dentro de cada uno de nosotros. Todo esto, en el silencio.
Sé que irse a un retiro donde, literalmente, vas a estar en silencio puede parecer una idea aburrida o, en muchos casos, atemorizante.
Pero déjame decirte, querido lector: es una de esas experiencias que hay que vivir al menos una vez en la vida.
Lo divino en lo cotidiano
Volvamos a lo esencial: la verdadera espiritualidad.
Esa que no tiene filtros mentales, ni creencias rígidas, ni juicios morales.
La que nace del corazón abierto, puro y sincero.
La que te conecta con lo divino desde la devoción y te permite reconocer la energía sagrada en todo lo vivido.
En el calorcito del sol sobre la piel, en la alegría chispeante en la mirada de los otros, en la ayuda que llega sin pedirla justo cuando más la necesitas. En los momentos difíciles que te hacen crecer y en los desafíos que te fortalecen.
Más allá del miedo y la culpa
Sé que esta visión puede resultar incómoda.
Si creciste, como yo, con la idea de un Dios que vigila, premia o castiga según nuestras acciones, esto puede ser difícil de aceptar.
Pero la espiritualidad es libre. No tiene que ver con el miedo ni con la culpa, pues lo único que busca es abrir el corazón.
Háblale a la vida con sinceridad, recordando que todos estamos hechos de la misma energía divina. Y entrega aquello que te pesa, como un gesto de ofrenda.
Una vida espiritual plena y auténtica empieza por reconocer que la espiritualidad no se busca, se recuerda.


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